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San Vicente de Paúl, maestro de oración (Parte 3)

  • 17 sept 2015
  • 17 Min. de lectura

Capítulo III: Necesidad moral de la Oración

Hombre práctico si hubiera, el Sr. Vicente no estudia la oración como teórico absorto en sabias investigaciones y discusiones sin fin. Si trata de este ejercicio en sus conferencias y charlas o en sus cartas de dirección, su intención es siempre la de llevar almas. Si nadie habla con más elocuencia y claridad, es porque él comprende y siente con mayor profundidad lo que se necesita. Consideraciones y advertencias sobre la naturaleza de este acto, la diversidad de sus formas y los efectos que se desprenden convergen todas hacia este fin. En la lectura, nos damos cuenta de las primeras líneas.


El capítulo precedente nos da ya un compendio de la mentalidad del santo en este asunto. Viendo la importancia de la cuestión surgida, es bueno hacer de ella un estudio especial. Estas páginas se dirigen más bien a desarrollar en las almas el gusto de la oración que a contentar a espíritus curiosos.


El Sr. Vicente desarrolla su idea predilecta con una lógica irresistible en la comparación siguiente:


«La oración es el alma de nuestras almas, es decir lo que el alma es al cuerpo, la oración lo es al alma. Ahora bien el alma da la vida al cuerpo, le hace moverse, ir, obrar en todo lo que es necesario. Si el cuerpo no tuviera alma sería una carne infecta que no estaría pidiendo más que la tierra. Bueno pues, el alma sin oración es casi parecida a ese cuerpo sin alma en lo que concierne al servicio de Dios: está sin sentimiento ni movimiento, y no tiene más que deseos rastreros de las cosas de la tierra.


El santo maneja una y otra vez esta comparación muy impresionante. En las hojas de un díptico de fuerte color coloca hombro con hombro a dos Religiosas, una que no deja nunca de hacer oración, cada mañana, sin motivo grave: la otra que no se entrega más que irregularmente a este ejercicio y sin ardor. La primera no caminará por los caminos del Señor, sino que correrá como ciervo sediento tras el agua de las fuentes. No hay subida que no pueda hacer en el amor de Dios.


Al contrario, la segunda se arrastra por el camino del deber: lleva sin duda el hábito de las vírgenes consagradas al servicio del Cordero, pero no tiene su espíritu. La desdichada parece vivir ampliamente de una vida sobrenatural, y a su vida le falta solidez y profundidad. Du corazón no tiene sentimiento por las cosas divinas, ni apego a su vocación.


En nuestra marcha hacia la tierra prometida, es decir hacia el Cielo, cuál es, según Vicente, el alimento más apropiado a nuestras necesidades, la oración, ese maná diario con el que se renuevan nuestras fuerzas.


Este ejercicio es también comparable al sol que contribuye a la producción de todos los bienes de orden físico y a su conservación. Suprimid la oración, los gérmenes de las virtudes se secan. En cuanto a las creencias, pierden el color y se oscurecen.


El santo pasa revista a los motivos para recurrir a esta práctica. Aparte de la función nutritiva que realiza en la vida sobrenatural, existen otras razones para adoptarla. Objeto de las recomendaciones del Maestro a sus apóstoles y a sus discípulos, ¿acaso no sería hacer injuria a Cristo el no concederle ninguna importancia?


Basándose en este argumento, Vicente dice a las Hijas de la Caridad, y con ello a toda persona devota: «Debéis tener sumo cuidado en huir de todos los impedimentos que podrían surgir enseguida, de los que a veces se satisface. Cuando eso ocurre y lo advertís, oh, animaos por la recomendación que Jesucristo ha hecho. Vos habéis recomendado, Dios mío, que yo haga oración, y sería una cobarde por disculparme! Oh, ya voy».


Qué prácticos son estos consejos: a cada uno de nosotros nos toca reflexionar por su cuenta personal. ¿Soy acaso del número de esas almas siempre buscando pretexto para escuchar la oración o dispensarse de ella?

Otro motivo), al que los caracteres tímidos y temerosos serán sensibles, son estas palabras alentadoras de Nuestro Señor: Pedid y seréis escuchados. «Jesucristo ha querido dar toda seguridad de ser el bienvenido ante su Padre cuando se hace oración. No se ha comentado con hacer una simple promesa, aunque fuera más que suficiente, sino que ha dicho: Os afirmo en verdad que todo lo que pidáis en mi nombre os será concedido. En esta confianza, ¿no debemos traer toda clase cuidados para no perder las gracias que la bondad de Dios promete repartirnos en la oración, si la hacemos del modo que se debe?»


Ante este aliento dado por el Maestro, nuestras infidelidades en este ejercicio no tienen excusas. Es de mal corazón no rendirse a estos favores o no responder más que con largos intervalos y como a disgusto.


Siempre en el mismo orden de ideas, el santo propone el ejemplo del Verbo hecho carne, hombre de grandísima oración. En el curso de su vida laboriosa, era exacto y puntual en hacerla y Vicente nos le presenta unas veces entrando en Jerusalén, otras retirándose al desierto o aislándose de sus discípulos durante sus carreras evangélicas para hablar con su Padre en el recogimiento y la paz. Tenemos el ejemplo de Cristo: » Ha hecho lo que quería que nosotros hiciésemos –concluye el santo y jamás quiso nada que no fuera para nuestro mayor bien».


Se puede juzgar de qué importancia conviene que sea la oración para ser recomendada, enseñada y puesta en práctica por Nuestro Señor.


Este ejercicio se impone a las almas de buena voluntad por ser el medio más eficaz y más rápido para progresar en el amor de Dios. Sin él, en efecto, piadosas lecturas y sermones producen poco fruto. La semilla que ellos arrojan, por falta de una tierra bien preparada, permanece estéril. En una de sus parábolas, el evangelio confirma esta verdad de experiencia. Sin él, la dirección de conciencia no tiene más que una acción pasajera y a flor de piel. Hasta la recepción de los sacramentos, y principalmente de la Eucaristía, que no exige este ejercicio por ser verdaderamente útil. Por ello el santo prefiere con mucho una comunión espiritual bien hecha a una sacramental, pero distraídamente hecha.


La oración es necesaria por otro título: Ella nos instruye de lo que se ha de hacer y de lo que se ha de evitar. Según el Sr. Vicente, ningún acto «que nos haga conocernos mejor a nosotros mismos, ni que nos demuestre más evidentemente las voluntades de Dios», como este ejercicio. De donde la obligación de adoptarlo por todo aquél que se preocupa de su salvación.


Los espíritus reflexivos se preguntan con frecuencia qué partido tomar, qué conducta seguir. Existen casos de conciencia en los que los más sabios vacilan sobre la ruta que seguir. La elección de una carrera, un cambio de estado o de residencia, relaciones de familia o de amistad, ciertos asuntos de dinero plantean puntos de interrogación en los que la conciencia no sabe qué responder, y sin embargo fuerza es determinarse lo antes posible en jun sentido o en otro. ¿Acaso no es un deber, en casos parecidos, recurrir a este foco de luz que es la oración?


Este ejercicio espiritual es finalmente necesario a las almas de buena voluntad porque les facilita el acceso a todas las virtudes cristianas. El santo les da la seguridad: la oración bien y regularmente hecha las introduce infaliblemente en la práctica de la mortificación, del desprendimiento de corazón de los bienes y placeres de aquí abajo. Ella las hace buenas, generosas, sumisas a las leyes divinas y humanas. Por añadidura, les facilita el cumplimiento de los deberes de estado. Este ejercicio no hace más que aclarar el camino que seguir, da además la fuerza para caminar e incluso para correr por él.


El Sr. Vicente repetía con frecuencia estas palabras tan verdaderas convertidas en un lugar común en sus labios: «Dadme un hombre de oración y será capaz de todo; él podrá decir con el santo apóstol: Yo lo puedo todo en Aquél que me sostiene y me conforta.


Indispensable para todo el que desea llevar una vida profundamente cristiana, la oración es particularmente necesaria al sacerdote para su propio adelanto y para la santificación de las almas a su cargo. El Fundador de la Misión insiste ante sus misioneros sobre el carácter obligatorio de este ejercicio. Su convicción en este respecto es tal que coloca en primer lugar esta práctica en la formación de los clérigos.


Vicente felicita en estos términos a un Superior por la prosperidad de su seminario: » Alabo a Dios por el número de los eclesiásticos que el obispo os envía. No careceréis de ellos si os preocupáis en educarlos en el verdadero espíritu de su condición, que consiste particularmente en la vida interior y en la práctica de la oración; ya que nos basta con mostrarles el canto, las ceremonias y un poco de moral: lo principal el formarlos en la sólida piedad y devoción. Y para ello, Señor, nosotros debemos ser los primeros imbuidos, pues sería casi inútil darles la instrucción y no el ejemplo. Debemos poseer este espíritu del que queremos que estén animados; ya que nadie puede dar lo que no tiene. Pidamos el bien a Nuestro Señor y démonos a él para tratar de conformar nuestra conducta y nuestras acciones a las suyas, entonces vuestro seminario despedirá una suavidad que le hará multiplicar en número y en bendiciones».


Cuando uno de os Superiores de la Misión pregunta a su General qué medidas tomar para combatir en muchos eclesiásticos el amor desordenado del vino, Vicente le da este único consejo: «Hay que tratar de hacerlos interiores y gentes de oración para preferir conversar con Dios en lugar de buscar las compañías y para desempeñar sus funciones antes que permanecer ociosos».


Si se le indican al santo otros abusos en los seminarios, es siempre el mismo remedio que prescribe, y con razón pues ninguno tiene una eficacia tan certera y tan general. Bueno contra la ligereza de espíritu, no le es menos contra el mal carácter y el pesimismo. Produce maravillas también en los casos de indolencia.


El Sr. Vicente tiene el papel de la oración por tan importante en la formación de los clérigos que le juzga irreemplazable. El Superior del Seminario de Marsella, el Sr. Firmin Get, por más que le expone sus fracasos en este sentido, fracasos cuya causa es la exuberancia meridional, su General no insiste menos en escribirle que debe tener por meta principal, en la educación de los eclesiásticos, educarlos en la vida interior, en la oración, en el recogimiento y en la unión con Dios. Es un deber que resulta más riguroso por el carácter naturalmente bullicioso y ligero de los Provenzales.


Comprometiendo al Superior en esta campaña contra la disipación, Vicente no le disimula las dificultades que le esperan. »Le costará mucho trabajo; -le escribe- pero la gracia de Dios y vuestros ejemplos os ayudarán mucho. No es obra de un día, sino de muchos años; no es una empresa que resulte con toda clase de personas; sino que todos se podrán aprovechar poco o mucho, y algunos se volverán espirituales y maestros en la virtud para enseñar luego la práctica en los lugares donde se hallen».


La conclusión de esta carta del santo es que a pesar de los peores obstáculos los sacerdotes entregados a la formación de los clérigos deben esforzarse por todos los medios en hacer hombres de oración.


Según Vicente, la ineptitud en el recogimiento no puede invocarse legítimamente para abstenerse de meditar: no dispensa más de lo que una falta de apetito no dispensa de comer. Por eso se encuentran condenados un gran número de cristianos y sobre todo de cristianas que, juzgándose incapaces de fijar su atención en un concepto o en una imagen interior, se niegan obstinadamente a hacer oración. Se verá luego, su error proviene de que no tienen más que una idea incompleta de este ejercicio.


Es uno de los méritos del Fundador de la Misión, y no uno de los menores, el haber dicho en todos los tonos a sus misioneros que no existe, para el sacerdote, ministerio fecundo sin oración.


Colocado entre los hombres y Dios en un camino de reconciliación, el primer deber que se impone al sacerdote es el de entregarse a agradar al Señor. Que se quiere, en efecto, negociar un asunto importante, -como lo es el de la salvación eterna- con un grande de la tierra, que despacha ante el príncipe o el rey, si no es una persona que le sea agradable y que no tenga en su exterior ni en sus palabras nada para negar el favor. Dios no es un monarca sensible a los hermosos discursos y a las lisonjas. Lo que pide a los sacerdotes y busca en ellos por encima de todo es el espíritu de oración.


Las comisiones, a las que recurre Vicente para dibujar la naturaleza y los efectos de la oración, corroboran nuestra tesis.


Encargado de nutrir a las almas con las cosas de Dios, el sacerdote necesita asimilárselas en la meditación o la contemplación.


Expuesto al calor secador del egoísmo, de la celotipia, de la cólera, en una palabra de todas las pasiones malas, el sacerdote a pesar de su dignidad sublime, sigue siendo hombre y con este título sujeto a las debilidades y miserias de la naturaleza humana. Sus virtudes sacerdotales de marchitan si la oración cotidiana no les lleva el agua de la gracia. Por el contrario, cuando esta distribución del agua es regular, abundante, ¡qué maravillosa actividad de la savia divina! Todos estos milagros de frescura que opera el agua en nuestras huertas en plena canícula, los opera la oración en el alma de los eclesiásticos que le son fieles.


En relación con tantas personas de espíritu mal hecho o de humor difícil, fatigados por los trabajos diarios, eclesiásticos y Religiosos sienten la necesidad de un saludable y divino refresco.


De acuerdo con los autores ascéticos, Vicente de Paúl declara la oración el abrigo más seguro y la salvaguarda por excelencia. Compara esta a un fuerte inexpugnable y a un depósito de armas y de municiones. ¿No sería una locura por parte del sacerdote frente a los ataques del mundo y de las potencias infernales hacer rechifla de este refugio y de este arsenal? A los golpes que quieren asestarle sus adversarios el opondrá su perseverancia en abrigarse tras la oración.


¿Los eclesiásticos no deben, más todavía que los fieles, mirarse a diario en ese espejo del que habla tan bien el Sr. Vicente? Necesario a las almas preocupadas de su virtud, este examen de conciencia se impone sobre todo en aquellos que las dirigen y las reprenden de sus faltas.


Desde el momento que la oración juega el papel, en el orden moral, del aire en el orden psicológico, no se puede poner en duda que un sacerdote esté en la obligación de hacerla cada día, y lo mejor que pueda. La oración es particularmente indispensable al eclesiástico por motivos sacados bien de la grandeza de su ministerio, bien de los peligros a los que se expone. ¿Cómo podría dispensarse de un acto por el que se une a Cristo de espíritu y de corazón el sacerdote que juega el papel de Jesucristo ante Dios y los hombres? Estos primeros motivos son demasiado conocidos para recordarlos aquí. Examinemos ahora los segundos.


Solícito de la santificación de los demás y ocupándose en ella diariamente, el sacerdote, si no tiene cuidado, pierde de vista poco a poco el deber de su santificación personal. Una ilusión facilita este olvido. Este distribuidor de las gracias divinas da la impresión de ser rico en sí mismo. Hablando y actuando constantemente en nombre del Señor, consciente de ser el instrumento de todo su poder, se muestra demasiado inclinado a no tener más que un recuerdo insuficiente de sus propios deberes. Además la veneración de que es objeto no es de naturaleza para devolvérselos a la memoria. A fuerza de oír el elogio de sus virtudes y de ser un objeto de veneración, como es difícil estimarse un miserable pecador y preocuparse, como conviene, de su salvación eterna!


La oración cotidiana remedia este mal inevitable reemplazando al sacerdote, cada mañana, ante su nada y una nada dos veces miserable como rebelde a la acción divina. Lejos de toda admiración y de todo cumplimiento, solo en la presencia de Dios, ya lo tenemos por fin atento a las necesidades de su alma, preocupado en trabajar en su curación y en afirmarle en el bien. Nada entonces le distrae de sus intereses espirituales: es el tiempo exclusivamente dedicado al gran asunto de su salvación; la hora principal del día ya que prepara a los demás consiguiendo la gracia de cumplirlos exactamente.


El sacerdote, no teniendo de ordinario a nadie alrededor suyo para reprenderle por sus torpezas y de sus desaciertos, puede ilusionarse de muy buena fe sobre su estado moral, creerse, por ejemplo, de humor fácil cuando es de carácter detestable. No teniendo en su ambiente ni superior ni predicador para advertirle de sus faltas, se ve, bajo este punto de vista, privado de los socorros que tienen los fieles. Su deber es de constituirse, cada día, su propio predicador, y un predicador implacable aunque animador.


Esta transformación es posible, incluso fácil; el Sr. Vicente indica luego el medio: «La oración es una predicación que se hace a sí mismo para convencerse de la necesidad que se tiene de recurrir a Dios y de cooperar con su gracia para extirpar los vicios de nuestra alma y para plantar en ella las virtudes. Se ha de aplicar en particular a combatir la mala inclinación que nos reprende y tender siempre a mortificarla, pues, cuando hemos acabado con ella, el resto sigue fácilmente».


Estos argumentos que prueban la necesidad de la oración para los sacerdotes se aplican en una medida más o menos amplia a un gran número de laicos. Padres y madres, profesores encargados de la formación moral de los demás, no se ven sino demasiado llevados, también ellos, a descuidar la suya. Como el clero secular, no tienen de ordinario a nadie para avisarlos de sus defectos. Por consiguiente el mismo peligro de creerse perfectos y de vivir y morir en esta perniciosa ilusión.


Las personas dadas a las buenas obras, a fuerza de ayudar a los sacerdotes en su ministerio, se creen a menudo llenas de las gracias de Dios, cuando ellas se encuentran todavía muy lejos de la perfección cristiana.


Padres, maestros, hombres y mujeres de acción religiosa no leerán sin provecho los consejos tan prácticos que dirige el Fundador de la Misión a sus misioneros. Que puedan convencerse bien, como estos últimos, de la necesidad de la oración. Los consejos del santo a las Hijas de la Caridad les serán útiles.


El Sr. Vicente no concibe que una Religiosa, sea claustrada o no, pueda sin oración diaria llevar una vida conforme a su ideal y observar sus votos. Bajo el imperio de este sentimiento, escribe estas líneas a su colaboradora Luisa de Marillac: «Me ha llegado al pensamiento esta mañana y ayer, me parece, que es de desear que os forméis bien en la oración mental la que cuida de las recién llegadas para educarlas en este santo ejercicio.


Cuando el santo se preocupa de sus hijas de adopción enviadas lejos, la primera cosa de que se informa es el modo como ellas realizan el gran deber de la oración. Se realiza esta diariamente y por toda la Comunidad. Esta no dejará de prosperar cada vez más; por desgracia, si se descuida, todo irá de mal en peor, se debe esperar alguna catástrofe.


Vicente considera esta práctica como el único medio de mantener a una Religiosa en vocación, y no se los oculta a los interesados. Esta es de su puño y letra una vigorosa descripción de la decadencia que arrastra el abandono de este ejercicio: » ihay quienes no sean fieles en hacer bien la oración de la tarde, oh Señor, estáis seguras de que las veréis decaer poco a poco y caer en un lastimoso estado. Si tuvieran la bondad antes de ello, no se verá más; si tuvieran amor de Dios y del prójimo, ellas no tendrán nada. En una palabra, si tuvieren alguna buena costumbre, como hablar de algo bueno, no quedará ya nada de todo eso porque no habrán sido exactas en guardar esta regla. Si veis deshechos en algunas de entre vosotras, si las vemos entre nosotros (oh, qué sé yo si las hay o no las hay en absoluto) pero, si las hubiera, es por no haber sido fieles en hacer esta oración».


Las Hijas de la Caridad ponen todos sus cuidados en el cumplimiento de esta práctica, el santo lo celebra y las felicita. Son culpables de negligencia, se lo reprocha en términos entristecidos.


Alabando a una Comunidad de las Ardenas por su espíritu de oración, Vicente escribe a sus miembros: «Es la gracia que os deseo y los mejores consejos que pueda daros».


En el pensamiento del Fundador de los Sacerdotes de la Misión y de las Hijas de la Caridad, el futuro de los dos Institutos depende del lugar que allí ocupe la oración. Mientras este ejercicio esté en honor, estas sociedades prosperarán; el sía que se abandone, no le sobrevivirían apenas.


Razonable en todo el Sr. Vicente recomienda a sus hijas espirituales que retrasen la oración o que no la hagan cuando el deber lo exige. »Dejar la oración o la lectura para asistir a un pobre, observa él, es servir a Dios. Por eso se debe acudir con alegría».


Se juzga por ahí del tacto y de la prudencia con los que importa aconsejar la oración diaria a los escrupulosos y a los sencillos. Si es preciso, por una parte, poner en evidencia su carácter vital y sus ventajas incomparables, de debe, por otra parte, a ejemplo del santo, insistir en el deber de renunciar a ello cuando la caridad para con el prójimo lo ordena.


Este caso, en lugar de ser quimérico, se presenta con frecuencia: Es una madre ocupada todo el día por los cuidados de los niños y por los trabajos de la casa; es una joven que trabaja de la mañana a la noche en hacer vivir a sus padres enfermos. Apenas ha terminado el orden interior familiar cuando tiene que ir a la oficina o al taller, y al regresar bajo su techo, la preparación de las comidas absorbe el escaso tiempo que le queda. Por fin ciertos comercios no permiten distraer del día media hora.


El santo diría a estas madres de familia: Esta es la hora de vuestra oración, si escucháis a vuestros hijos que os llaman, acudid inmediatamente en su ayuda, dejad a Dios por Dios.


Veamos en qué términos paternales reafirma Vicente las conciencias timoratas: «No os dé pena si vuestros empleos os impiden ser exactas en la oración, porque la caridad siendo la reina de las virtudes, hay que dejarlo todo por ella».


El santo vuelve a menudo sobre el importante problema de la conducta que se ha de observar en los conflictos donde se ha de optar por la fuerza de las cosas entre el tiempo de la oración y el cumplimiento de sus deberes. En ciertas ocasiones –dice a las Hijas de la Caridad- no se puede seguir el orden del empleo del tiempo. «Por ejemplo vendrán a vuestra puerta durante la oración para que una de vosotras vaya ver a un pobre enfermo con urgencia; ¿qué hará ella? Obrará bien acudiendo, ya que Dios se lo manda. Porque, ya lo veis, la caridad está por encima de todas las reglas, y todas se deben referir a ella- es una gran señora. Se ha de hacer lo que mande. Luego se trata de dejar a Dios por Dios».


Vicente se alza con fuerza contra ciertas Hermanas de espíritu mal formado que continúan su oración cuando vienen a buscarlas con toda urgencia para un enfermo. Su indignación sería mayor aún contra las madres que se entregaran a este ejercicio con detrimento de su familia.


Tanto acepta el santo los motivos serios de omitir la oración o de retrasarla, como no se deja engañar por los pretextos indicados para acortarla o no hacerla. La pereza de ciertos sujetos, el humor caprichoso de otros más le son conocidos, por ello no se sorprende por este abandono por ruina práctica laboriosa y cotidiana. Su previsión, que nunca falta, recomienda a los suyos que no se entreguen a la oración por inclinación natural, sino por deber. Es el medio de ser fiel a este ejercicio, incluso en los días de cansancio y de desgana.


Estos caracteres cambiantes y a la merced de sus opiniones, que bien se entusiasman con una cosa, y bien no quieren volver a oír hablar de ella, producirían desesperanza al santo si no contara con la acción todopoderosa de la gracia. Qué garantía de perseverancia pueden ofrecer estas naturalezas débiles cuya conducta sigue su vida afectiva en sus idas y venidas.


Nadie es dueño de sus atractivos y de sus repulsas, de sus ardores y de sus abatimientos. Ay del cristiano que los toma por regla de sus relaciones con Dios: un día prolongó su meditación desmesuradamente y, al día siguiente, la hará demasiado breve o la omitirá del todo. Su vida religiosa será sin consecuencias, y sin valor alguno.


Haciendo alusión a los sacerdotes de esta mentalidad, el santo decía con tristeza: «¿Qué se podrá hacer con esa gente, sino pedir a Dios que los conmueva y les haga conocer el desorden en que se encuentran? Ya que es preciso que Dos mismo lo haga, puesto que los avisos no conducen a nada».


Para progresar en el vasto dominio de la oración y no exponerse a salir, conviene dejarse guiar por el deber sin tener en cuenta sus impresiones personales. No lo disimulemos, la fidelidad a este ejercicio está lejos de ser un juego: todo el mundo puede lograrlo, pero no sin trabajo. Los esfuerzos, tan generosos como se los suponga, no se acaban sino a condición de hacerse en el sentido querido. Por falta de reflexión y de método, cuántas almas se fatigan, se agotan y con todo no perseveran en esta práctica.


Qué tontería la de emplear todas sus fuerzas a tontas y a locas. Como el arte y la ciencia, la espiritualidad tiene estos Don Quijote que se baten contra molinos de viento. No seamos pues de ese número.


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