Un perfil heróico: Santa Luisa de Marillac
- 2 may 2014
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BIENAVENTURADO aquel que piensa
en el necesitado y en el pobre:
el Señor le librará en el día aciago.
(Salmo XL.)
DURANTE el ejercicio de su curato en Chatillon-les-Dombes San Vicente de Paúl, celoso del bien de sus feligreses, tuvo noticia de la miseria en que se hallaba una familia que vivía distante de su parroquia, pero cuyas almas le estaban encomendadas. Se interesó en su socorro, pidió en la misa dominical a la caridad de los feligreses en bien de aquella familia, y más tarde, al dirigirse personalmente a socorrerlos, encontró en el camino gentes que iban y venían de la casa de aquellos necesitados después de haberles dejado alimentos y socorros en la medida de su caridad.
Vicente consideró que aquella familia pobre, con abundantes medios ese día, volvería a ser miserable al día siguiente, puesto que, en la imposibilidad de consumir todos los alimentos, sin medios para conservarlos, se verían en seguida en la mayor miseria y en el más rudo desamparo.
De este simple hecho, de este minúsculo quehacer de caridad, el genio práctico de Vicente de Paúlhizo germinar una obra grandiosa: la caridad social. Una o muchas limosnas esporádicas, regidas más por el celo de un momento que por una mentalidad consecuente con la situación, no aliviarían eficazmente ninguna miseria. Una -caridad organizada, dependiente de la parroquia, bajo la vigilancia de celosos encargados, daría óptimos frutos en el cuerpo y en el alma de los pobres.
Vicente se decidió a establecer las Cofradías de Caridad, a las que pertenecerían de hecho la señoras de la parroquia donde se encontraran establecidas. Aliviar al pobre no era una obra nueva en laiglesia de Dios. Aliviarle en su propio domicilio, llevarle junto a los remedios necesarios el consuelo de una mano amiga, era algo muy superior, que encerraba dos grandes bienes. Vicente destacaba por completo la caridad que se da con gesto desdeñoso, que atiende a lo material únicamente, la caridad vestida con los ropajes de la indiferencia y de la filantropía. Vicente, en frase de una de las damas que le conocían, era el Angel del Señor que, al invitar a la caridad, llevaba en sus labios carbones encendidos que hacían arder en la misma llama el corazón de los que le escuchaban. Vicente fue genial en su caridad, porque, al propio tiempo que abrió al pobre la perspectiva de que sus semejantes iban a visitarle siguiendo el consejo evangélico, dio a los ricos la comprensión magnífica del consejo supremo del Señor: «Amaos los unos a los otros». Por vía de un socorro material se consiguieron dos grandes bienes espirituales: el primero, llevar al alma del pobre y del enfermo el bálsamo de una mano amiga capaz de curar las amarguras del corazón; el segundo, procurar a las damas de la Caridad, en general de familias nobles y acomodadas, el imponderable beneficio de su acercamiento al pobre, que les hizo recibir la lección sobrenatural de las obras de misericordia y adivinar uno de los más excelsos fundamentos de nuestra religión.
Las Cofradías de Caridad fueron germen auténtico de las grandes obras sociales de la Iglesia en los tiempos modernos. La Iglesia, en la actualidad, por labios del Papa, enseria que el mundo no se salvará sino por la paz y por la práctica de la caridad fraterna; que las grandes brechas sociales abiertas por las guerras no pueden cerrarse sino por el acercamiento mutuo de los hombres, no en un gesto de fría entrega, sino precisamente en el cálido ambiente del socorro cristiano. De ahí han arrancado todas las obras caritativas que afloran en los organismos oficiales de la Iglesia y en las asociaciones piadosas de diversa formación. La caridad, pero la caridad organizada, armónica, cordial, cristiana.
Ese fue el magnánimo gesto de San Vicente de Paúl. Las técnicas de ejecución han variado; los tiempos así lo requieren; pero el santo alcanzó, ya en los años de su vida, la madurez de la organización y supo dar a Francia el remedio eficacísimo para los males de su siglo.
Las Cofradías, humildes en su nacimiento, como todos los proyectos de Vicente, se multiplicaron en obras magníficas de caridad.
Vicente de Paúl supo ver a Cristo en sus hermanos; su ardiente espíritu de fe, traspasando los harapos de la miseria, adivinaba a su Salvador, tanto más digno de amor cuanto más cubierto de ignominia. Por eso animaba más tarde a las. Hijas de la Caridad con estas sublimes palabras:
«Los pobres, he ahí nuestro tesoro: Los veréis harapientos, miserables, groseros ; algunos apenas tienen apariencia humana, tan baja es su condición; pero volved la medalla, y en su reverso hallaréis que es el mismo Jesucristo el que tiende su mano hacia vosotras, y espera que le aliviéis en todas sus necesidades corporales y espirituales.»

Esta era la cálida atmósfera espiritual en que vivió Vicente de Paúl. Cuando, bien en contra de su voluntad, fue a establecerse en París y amplió el radio de acción de su ministerio sacerdotal, sus predilecciones fueron siempre para las obras caritativas, por no decir que consagró a ellas su vida entera. A tan santo sacerdote se confió el alma de Luisa. Vicente vio que un espíritu tan selecto necesitaba dilatar sus energías interiores en la caridad. Sin embargo, obrando siempre con la santa prudencia que era característica en él, se esforzó durante tres años en llevar y acomodar en el clima vivificante de la confianza al alma de la señorita Legras, antes de enviarla en plena misión al campo del padre de familias.
Luisa no se dejó llevar pasivamente a este nuevo ejercicio. En verdad, en cuanto Vicente de Paúl le dejó entender la dirección que, manifiestamente, era la que Dios le tenía señalada, Luisa, llena de ardor y generosidad, hubiera querido lanzarse a ella con todas sus fuerzas. Pero Vicente sonreía, reteniendo las riendas con dulzura y firmeza ante aquella explosión de generosidad. Gran vigilante de las almas, sabía que la naturaleza suele tomar rápidamente sus derechos, y que la actividad, demasiado ávida en la ejecución, llega a ser solamente un activismo aun en las almas más generosas. ¡Gran lección, cuyo eco, viniendo de hace tres siglos, pudieran aprender muchos apóstoles modernos! Actividad apostólica y su falsificación humana: dos fuerzas contrarias en su nacimiento, en su desarrollo y en su fruto. La primera nace de una vida interior; la segunda, del afán inconsciente de moverse en la búsqueda del bien. El mismo germen de la palmera hace que su desarrollo sea ordenado y clarividente; en la segunda es el confuso desparramarse en iniciativas que no tienen la solidez necesaria. En su fruto, los dones de la caridad apostólica son la paz del espíritu y el premio eterno; los revuelos de otra actividad cualquiera terminan en esterilidad, cansancio y pesimismo ante la ingratitud.
Por tanto, al retener a Luisa tan largo tiempo fuera de los ministerios de caridad, Vicente no contuvo el soplo del Espíritu Santo, ni extinguió sus llamas. La prudencia es una virtud; y para que sea eficaz la acción del apóstol hay que limpiarla de todos los impulsos de sí mismo. Así el santo sacerdote calma en Luisa un ardor demasiado natural todavía y vela paternalmente sobre ella: «Honrar siempre la inactividad y el silencio—le dice—, el estado desconocido del Hijo de Dios: éste es vuestro centro y lo que Él os pide en el presente, en el porvenir y siempre. Si su divina majestad no os hace conocer, de manera que no pueda equivocar, que quiera otra cosa de vos, no penséis ni ocupéis vuestro espíritu en algo distinto». Y con la fineza propia de su espíritu concluye: «Confiad en mí, ya pienso yo bastante por los dos».
Luisa se lanzó a las obras de caridad con el espíritu radiante de amor y desprendimiento. Sus biógrafos nos la presentan llena de angustias y preocupaciones en cuanto al porvenir de su hijo Miguel. Ciertamente, este punto fue en extremo doloroso para el alma de Luisa.
Luisa hubiese querido que su hijo fuese sacerdote. En 1627, a la edad de trece años, entró Miguel en el Seminario de San Nicolás de Chardonnet, dirigido por el señor Bourdoise. De esta entrada en elSeminario, que Luisa considera como el primer paso hacia el sacerdocio, su espíritu se regocija sinceramente:
«En fin, tras un poco de inquietud, mi hijo ha entrado en un Seminario y está muy contento. Si esto continúa, estoy completamente tranquila en lo que a él se refiere.»
Pero «esto no continúa» mucho tiempo. Desde enero de 1628 los fervores de Miguel disminuyen progresivamente. Traduzcámoslo diciendo que no se encuentra a gusto en el Seminario; mejor, que su vocación es problemática. De ahí la nueva angustia de Luisa.
«¿Qué os diré de vuestro hijo ahora?—le escribe Vicente de Paúl—; dejadle libremente, por completo, al querer y no querer de Dios. A Él sólo pertenece el dirigir estas almas. Dios tiene sobre vuestro hijo más interés que vos, porque es más suyo que vuestro.»
A cada nueva angustia del corazón de Luisa, Vicente de Paúl sabe administrarle prudentemente los consejos necesarios. No se trata de destruir, sino de encauzar en el corazón de la señorita Legras elamor maternal, que no es sino el reflejo del amor de Dios por nosotros. Los santos, contra lo que creen los alejados de la vida sobrenatural, tienen el secreto de la verdadera ternura. Amar a los demás no por interés propio, sino por ellos, es la regla suprema del verdadero amor humano. No es que elamor humano deba ser borrado absolutamente de un corazón que se dé por completo a Dios. Lo que Vicente le pide es que este amor no quede lejos del de Dios, sino que sea sumergido en el mismo amordivino. Lo quiere purificado, no lo condena.
En este período preparatorio el prudente director de Luisa sabe inclinarla a aquella confianza toda filial, simplemente abandonada a la amable providencia divina:
«Estar contenta, en la disposición de querer lo que Dios quiera; y porque su voluntad es que nosotros estemos siempre en la santa alegría de su amor, estémoslo y unámonos a esta disposición de tal manera en este mundo que seamos un día una misma cosa con Él.»
Y si Luisa se inquieta de no dejar a Dios libertad de cumplir en ella ‘su santa voluntad a causa de sus miserias, él la tranquiliza suavemente. Qué tiene de particular el darnos cuenta de que somos pecadores y que podemos tener fallos en nuestra virtud! Este es el pan cotidiano de aquellos que están comprometidos en la ardua tarea de la santidad. El amor es, en realidad, la única cosa que cuenta. El amor que excluye todo temor humano, toda inquietud estéril. El amor que junta en una sola dos voluntades y solamente da la alegría verdadera, aunque sea en medio de pruebas y dificultades. Esto la sabe perfectamente Vicente de Paúl y no encuentra clave mejor donde fijar la santidad de Luisa de Marillac.
¡Qué importa si la naturaleza tiene todavía inquietudes y sobresaltos! El alma que se ha lanzado en el camino de la conformidad a la santa voluntad de Dios ha superado ya el estado de los que empiezan. No es el pecado lo que la inquieta, sino la caridad lo que la atrae. A la caridad, y no al temor, se desplaza el eje de su vida espiritual. Dice Santo Tomás que seguidamente se presenta al alma la tendencia a avanzar en el camino del bien: Es el deseo de los que hacen progresos y miran la necesidad de reforzar y aumentar su caridad.
A este segundo estadio es al que Vicente ha querido conducir a la señorita. Ahora que la ve comprometida en ese camino de perfección presiente que la hora de Dios está próxima; la hora que permitirá a Luisa lanzarse al camino real donde su corazón y el Espíritu Santo la llaman irresistiblemente: al servicio exclusivo de los pobres miembros dolientes de Jesucristo.
«Heroica por su paciencia — dice el Cardenal Pacelli, el futuro Pío XII, en el panegírico que hizo el 13 de marzo de 1934 con motivo de la canonización de Luisa de Marillac—, al alba de su obra todavía envuelta en tinieblas, Luisa avanzaba segura bajo esas dos lumbres de gracia que la guiaban por su consagración renovada al Señor, por la humillación de todo su ser, por el rigor de la penitencia, lapobreza más completa en el alimento, los vestidos, por su expansión de caridad y por el anonimato de su obra. ¿Quién escrutará a través de los velos celestes, las pupilas de Dios, que, a decir de San Gregorio, interrogan, abriéndose y cerrándose, a los hijos de los hombres y les manifiestan o les disimulan la mirada de su juicio?» Y sigue diciendo el ilustre panegirista: «Dios había puesto en su corazón la piedad, el amor y la compasión hacia los desgraciados.
Como Job, el hombre probado de la tierra de Hus, Luisa había recibido virtudes que crecían con ella: «Desde la infancia creció conmigo la misericordia». Pero para transformar el amor en una llama de la más viva gracia, para afirmar aquí abajo una virtud que aspiraba al cielo, el cielo mismo quería que Luisa tuviese la prueba de ejercer su virtud, de instruirla en medio de esas interrogaciones por las cuales nuestro Creador, como lo enseña San Gregorio el Grande, acostumbra a escrutar a sus servidores».

























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