San Vicente de Paul, maestro de oración (Parte 2)
- 16 sept 2015
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Capítulo II: Qué es la oración bajo el punto de vista sobrenatural. Su importancia, sus efectos.

San Vicente de Paúl da vueltas y vueltas a la oración mental en todos los sentidos y no deja en la sombra ningún aspecto. Gracias a las comparaciones más variadas, da una idea tan completa como es posible de la diversidad de sus servicios y de su importancia. Ningún autor, a no ser san Francisco de Sales, tiene colores más vivos en un pincel más alerta. Los cuadros que esboza sobre este tema no exigen para ser comprendidos ni mucho tiempo, ni muchos esfuerzos. Reprochados unos y otros, nos queda una exposición doctrinal de una claridad maravillosa.
Estos pintores forman, por así decirlo, un inmenso tríptico en una de las hojas está representado lo que es la oración bajo el punto de vista divino y, en las otras dos, lo que es en el hombre considerado en su vida interior y en sus relaciones con el mundo exterior. Del comienzo al final de su obra, el artista se mueve en una atmósfera sobrenatural. Su vasta composición se dirige a los creyentes y les habla de una realidad inaccesible a las facultades humanas, por desarrolladas que se las suponga.
Preguntemos a la primera hoja del tríptico, de los tres el más importante, el más misterioso. La oración está representada en él como un instrumento del que Dios se sirve para trabajar el alma lentamente pero profundamente; trabajo que o se hace de ordinario más que con una colaboración muy activa de nuestra parte, y cuya finalidad no es otra que unirnos más y más al Creador.
Vicente subraya en estos términos la importancia de este fin en los consejos que da a las Hijas de la Caridad. «Ya estamos en la hora de la oración; si oís a los pobres que os llaman, mortificaos y dejad a Dios por Dios, aunque se ha de hacer todo lo que podáis para no omitir vuestra oración, ya que es ella la que os mantendrá unidas a Dios; y mientras esta unión dure, no deberéis temer nada. Ahora bien, para conservar esta unión con Dios, debéis manteneros cerradas y encerradas en vuestro interior, hablando con Nuestro Señor».
La acción divina ilumina la inteligencia con luces que se refieren ya a las verdades y a los misterios de orden sobrenatural, ya a puntos de moral y de cuestiones prácticas. Si el Fundador de la Misión no decide nada importante sin reflexionar sobre ello en el curso de su oración, es por desprecio de su juicio propio y por estima de las divinas inspiraciones. No puede comprender que se hable o se actúe de otro modo y así se lo declara a sus hijos e hijas espirituales.
Una vez que uno de sus misioneros cuenta con sus ideas personales o con su experiencia, el santo enseguida avisa al orgulloso de su error para que vuelva sus investigaciones hacia el Dios de infalible saber y de buen consejo.
La operación divina llega al alma en lo que tiene de más personal y más vital, la vida afectiva y la voluntad. Tras la toma de la inteligencia, la del corazón y de la energía moral. Desconfiado de su maneras de ver, el santo no lo es menos de sus modos de sentir y de querer. Su penetración psicológica y su humildad le han enseñado cómo se ilusiona el hombre sobre la naturaleza y el alcance de sus sentimientos, cómo el amor mismo da lugar a toda clase de confusiones. Hay esposos que creen amarse con toda el alma, cuando se quieren muy superficialmente. No es raro que un padre y una madre se crean que se entregan admirablemente a sus hijos, cuando pasan a los ojos de todos por padres egoístas.
Frente a aberraciones como esta, el Sr. Vicente no confía en el corazón de carne ni tampoco en el suyo propio más que en el de los demás. Para él, uno de los efectos de la oración es abrir nuestra vida afectiva a la acción de Dios que se apodera de ella y la anima con su divina caridad.
La voluntad no inspira ninguna confianza a este creador de obras tan frecuentemente en lucha con la inconstancia humana. No esperando de ella nada bueno no le pide más que se una a la divina voluntad para ocupar en ella su punto de apoyo y su dirección. De ahí sus avisos incesantes de seguir en todo a la Providencia sin adelantarse ni atrasarse. El único medio de realizar este acuerdo es la oración cotidiana tenida por Vicente, siguiendo al Sr. Olier, para una comunión de alma a las disposiciones íntimas de Nuestro Señor.
Esta exposición lo muestra con claridad: la oración es ante todo y sobre todo una obra de santificación sustraída a nuestro control y por la que el Espíritu Santo nos dirige según vistas que no nos toca nosotros ni discutir, ni siquiera conocer a fondo. No es que el alma lo ignore todo de esta acción divina, sino que lo poco que conoce de ella no es nada en comparación de lo que le queda por saber.
Poco nos importa no poder seguir más que imperfectamente este trabajo ya que estamos seguros de la solicitud en relación a nosotros del divino artista. Eso explica Vicente habla tan a menudo de los tiernos cuidados con que nos rodea sin darnos cuenta la Providencia.
Algunas expresiones que emplea el santo son testimonio de la importancia del papel jugado por la oración en nuestras relaciones con Dios: llama a este acto centro y semillero de la devoción. No será sorpresa si al final de una conferencia sobre el amor debido a Nuestro Señor, el Sr Vicente propone la oración como primer medio de activar el fuego de este amor.
Al unir el alma a su Creador y Santificador, la oración atrae sobre esta alma la mirada divina, y es una mirada gozosa y de alguna manera agradecida. En una página exquisita de sentimiento, el santo muestra al Padre que está en los Cielos mirando con particular ternura a las almas entregándose a este ejercicio. «A Dios le agrada cuando os ve con frecuencia en oración, dice a las Hijas de la Caridad. El ve cómo una está ocupada en considerar su bondad, su sabiduría y sus demás perfecciones, cómo se eleva a él por actos de amor. «Con todo mi corazón, Salvador mío, os amo; y como no puedo amaros como o merecéis, os ofrezco el amor que vuestro Padre tiene de vos». El ve cómo la otra tiembla a la vista de sus faltas y cómo busca los medios para levantarse. Ah, él lo mira con agrado. Cuando alguna falta a ello por indolencia, pereza por otras cosas oh, los veis mis Hermanas, es un disgusto que le dais, que no se puede expresar. Pero, aparte de esto, es una bella armonía. Todo cuanto se hace en la oración agrada tanto a Dios que os espera allí para este efecto.
Después de estudiar la oración desde el punto de vista divino, queda observar los efectos en el hombre. ¿Cómo opera este ejercicio en el alma ¿Cuáles son los límites de su acción bienhechora?
Es toda la vida moral la que sufre la influencia de este ejercicio.
La oración actúa en primer lugar como remedio, y es una maravilla verla acabar con todas las enfermedades más graves y más antiguas. Si el tratamiento no resulta más que imperfectamente, la culpa es del sujeto que no se somete a ella más que en parte. Esta cura exige de parte del enfermo una colaboración eficaz. Solo las almas de buena voluntad son curadas.
Sigamos las fases del tratamiento. El sujeto comienza por ponerse al corriente de su estado: Poco a poco se abren sus ojos, y una luz, cada día más fuerte, le muestra la naturaleza de sus males y su gravedad. Revelación humillante, pero soberanamente útil! Por otra parte, la alegría de conocerse a fondo no es superior a la humillación de descubrirse tal como es en lugar de verse tal como creía ser.

Gracias a una comparación sacada de las costumbres femeninas, el Sr. Vicente permite seguir en detalle esta primera fase del tratamiento. «La oración es como un espejo en el que el alma ve todas las manchas y fealdades. Las personas del mundo no saldrán de sus casa sin ajustarse ante frente al espejo para ver si no hay nada defectuoso en ellas. Las hay que son tan vanas que lo llevan en sus cinturones, para mirar de vez en cuando a ver si les ha pasado algo que haya que arreglar.
» Ahora bien, hijas mías, lo que hacen las gentes del mundo para agradar al mundo, ¿no es razonable que los que sirven a Dios lo hagan para agradar a Dios? » –dice el santo a las Hijas de la Caridad. –no saldrán sin haberse mirado en su espejo, Dios quiere que todos los días y varias veces al día, mediante revisiones interiores y aspiraciones, vean lo que en ellos puede desagradar a Dios, pidiéndole perdón y gracia para apartarse de ello.
» No hay acción en la vida que nos lleve a conocernos mejor, ni que nos demuestre más evidentemente la voluntad de Dios que la oración «.
La oración, por el recogimiento en que sumerge y la humildad que suscita, pone al hombre en frente de su verdadero yo. Al mirarse para atraer sobre sí la atención del mundo y sus simpatías, se descubren imperfecciones más bien exteriores que interiores. Por el contrario, pensando en agradar a Dios que sondea todo el hombre, se esfuerza por poner en claro sus plagas más antiguas, sus miserias más ocultas. Es una búsqueda general y seriamente llevada con la intención de no dejsr nada voluntariamente a la sombra.
Y como la oración atrae las luces del Cielo, este examen es fecundo en descubrimientos instructivos. Es un espejo más revelador que ningún otro donde lo factible resalta sobre lo real, donde las arrugas morales se adivinan bajo la masa de amor propio que las llena y el afeite de la mentira que las colorea.
Bajo la dirección amante y luminosa del Espíritu Santo, el alma ve lo que importa hacer desaparecer o rectificar en ella para conformarse a las vistas de la Providencia. Lejos de repelerla, este trabajo la atrae porque se siente sostenida tanto como iluminada.
El interés de la comparación del espejo está en grabarse a sí misma en el espíritu ya que se trata de una costumbre conocida de todos y puesta en práctica por un gran número. Este acercamiento entre mundanos y devotos parece buena para reanimar el celo de los últimos. Es un modo original de presentar la oración como el mejor medio de conocerse y de reformarse.
El Sr. Vicente no deja, cuando le llega la ocasión, de hacer la aplicación de esta doctrina a casos particulares. Ante las quejas de la Srta. Le Gras a quien entristece el estado mental de las Hijas de la Caridad, cuya dirección tiene ella, el santo acude a consolarla en estos términos: «En cuanto a lo que me decís de(vuestras hermanas), no pongo en duda que sean tales como me las describís ; pero es de esperar que ellas se vuelvan y que la oración les hará ver sus defectos y las animará a corregirlos». Conocimiento y mejora de sí eso es por excelencia la oración.
Después de una conferencia del santo sobre el buen uso de las amonestaciones, una Hermana declara haber descubierto en ella un gran número de faltas pasadas desapercibidas: faltas de pereza, de orgullo, de cólera y muchas más. ¿En qué momento de abrieron por fin los ojos de la culpable? En el curso de la oración de la mañana. Durante este ejercicio también tuvo lugar la decisión de hacer públicamente la confesión y de ponerle remedio.
En una circunstancia análoga, el Sr. Vicente dijo a las Hijas de la Caridad que en la repetición de oración se acordó de haber hablado a dos o tres personas en un tono de suficiencia: «He pedido perdón por ello, -añade este humilde entre los humildes y he reconocido ante toda la Compañía que yo era la causa de todos los males que se hacían en la Misión. ¿Qué sucedió después? Una gran dulzura y consuelo por ello…»
Un ejemplo típico del poder reformador de la oración, del valor que comunica a los pecadores más miedosos, cuenta el santo en términos conmovedores: «No puedo pasar en silencio algo que me ha enternecido, esta mañana, en la repetición de oración. Uno de nuestros hermanos que había ocultado una cosa y no se la había podido descubrir a su confesor, ha tenido la gracia de poderla decir en voz alta, y además decir que era un pobre y mezquino muchacho que había sido mantenido en las escuelas por las limosnas de la parroquia; lo que no había descubierto hasta entonces, aunque la hubiera tenido en el pensamiento a menudo.
«Cuando he oído a este joven declararse con tanta fuerza, confieso que he sentido un aumento de afecto por él y he pensado que Dios le hará la gracia de ser un gran santo. Sí, Hermanas mías, porque basta a veces con un acto de virtud heroico para dar la fuerza a un alma para hacer un millón más.

La oración es el proceso infalible para no ilusionarse gravemente respecto a sí mismo y, por esta ignorancia de sí, retrasar su santificación y comprometer su salvación. Vicente de Paúl da pruebas de experiencia insistiendo sobre esta cuestión práctica para todo el mundo porque no hay persona que no esté expuesta en este terreno a toda clase de error. Seámosle agradecidos por su insistencia y saquemos fruto.
Si el conocimiento de nuestras miserias morales fuera más claro, más completo, si las viéramos en el interior del alma, como las muestra la oración, agotando sus fuerzas y llevarla insensiblemente a su perdición, nuestra voluntad se recobraría ante el peligro y, se pondría a trabajar sin pérdida de tiempo. La mayor parte del tiempo, el cristiano no arranca de su campo las malas hierbas menos por pereza que por la ignorancia de los estragos que resultan. No se interesa apenas en lo que no se conoce más que imperfectamente.
La oración no solo revela el mal, lo combate y acaba siempre por triunfar sobre él. De esta forma el santo compara su acción en el alma culpable con la virtud curativa de las aguas termales. Cómo admitir que en comunicación diaria con Dios podamos seguir apegados a lo que él detesta soberanamente, el pecado. Si caemos en él por sorpresa y fragilidad la oración nos libera de él.
Vicente ve en la oración una muralla contra las sugestiones del mundo y del infierno al mismo tiempo que un arsenal en el que el alma encuentra armas y municiones para defenderse incluso «para asaltar y poner en fuga a los enemigos de Dios y de la salvación de las almas».
El santo describe los efectos reparadores de la oración en esta página que podría ir firmada por san Francisco de Sales: «Los filósofos dicen que entre los secretos de la naturaleza hay una fuente que llaman de juventud, donde los ancianos que beben agua rejuvenecen». Sea como fuere, sabemos que hay otras cuyas aguas son soberanas para la salud. Pero la oración rejuvenece el alma mucho más de lo que la fuente de la juventud, al decir de los filósofos, rejuvenece los cuerpos.
«Es ahí donde vuestra alma, retrasada por las malas costumbres, se hace más vigorosa; allí es donde recupera la vista cuando había caído en la ceguera; sus oídos, hasta entonces sordos a la voz de Dios, se abren a las buenas inspiraciones, y su corazón recibe una nueva fuerza y se siente animado con una fuerza que no había sentido hasta entonces.
«De dónde viene esta pobre joven de los campos que llega a vosotras torpe, en la ignorancia de las letras y de los misterios, en poco tiempo se ha cambiado y se ha vuelto modesta, recogida, llena de amor de Dios. «Y qué cosa lo hace sino la oración? Es una fuente de juventud donde ha rejuvenecido; allí es donde ha sacado las gracias que aparecen en ella que la hacen como la veis».
El papel de la oración en la vida del alma no consiste solamente en defenderla contra sus enemigos, en ayudarla a corregir sus defectos y en reparar sus culpas. Y esa no es más que una de sus funciones, y no la más importante. Ocupando un lugar considerable en nuestra economía espiritual, se encuentra en todos los grados de la vida ascética y mística que ella alcanza totalmente con su presencia. Bienhechora abajo, ella lo es más en las alturas: cuanto más noble es su campo de operación, más crece su actividad.
Así como es fácil constatar la influencia sin límite de la oración en las almas de buena voluntad, difícil es tener una idea clara de ello y descubrir sus secretos. Si la vida puramente humana no es conocida más que imperfectamente a pesar de las investigaciones sabias de que es objeto, cómo nuestra vida espiritual no desconcertaría a las investigaciones más hábiles.
Convencido de esta dificultad, el santo recurre a las comparaciones para proyectar algunas lucecitas sobre el misterio de la oración; y las multiplica a propósito mostrando así la infinita diversidad de los aspectos bajo los cuales este ejercicio merece ser analizado. Es la táctica seguida por los maestros de la espiritualidad.
Si Vicente quiere incitar a sus oyentes a vivir siempre bajo la influencia de la oración, a moverse en ella de alguna manera como los pájaros se mueven en la atmósfera, la compara al aire que se ha de aspirar constantemente para vivir. Esta práctica se asemeja, por el mismo motivo, al agua donde nadan los peces y de la que no pueden salir sin peligro de muerte-15. Privarse de este acto religioso es condenarse a la asfixia moral.
Se trata de poner de relieve el poder nutritivo de la oración y de atraer a las almas hacia ella mediante el cebo de un alimento sustancial, el santo asemeja este ejercicio al pan servido, cada día, en la mesa de los ricos y de los pobres, y concluye de esta comparación en la necesidad de tomar con frecuencia este alimento espiritual siempre a la disposición, él también, de las grandes y de las pequeñas almas. «Una persona que se contentara con no tomar sus comidas más que cada tres o cuatro días, uno desfallecería inmediatamente y se pondría en gran peligro de morir o, si viviera, sería languideciendo, incapaz de una función útil y al fin un esqueleto sin fuerza ni vigor».
Por eso se ha dicho, el alma que no se alimenta de la oración, o lo hace raramente, se volverá tibia, lánguida, sin ánimos, ni virtud, molesta para los demás e insoportable consigo misma».
Esas son las etapas del decaimiento moral causado por la insuficiencia de su alimentación propia. Vicente quiere presentar la oración como el medio de seguir espiritualmente joven, fresco y dispuesto, la compara a un agua refrescante y fertilizante. La página que ha escrito sobre esto es de una poesía primaveral.
Esta comparación fue ciertamente del gusto de las Hijas de la Caridad que la entendieron en el curso de una conferencia sobre el buen uso de las instrucciones. El encanto no dejará de ser sentido en nuestros días. «Como los jardineros se toman el tiempo, dos veces al día, para regar las plantas de su ja que, sin este socorro, se morirían durante los grandes calores y que, por el contrario, gracias a esta humedad, sacan su alimento de la tierra, ya que un cierto humor, nacido de este riego, asciende por la raíz, se filtra a lo largo del tronco, da la vida a las ramas y a las hojas, y el sabor a los frutos; así, mis queridas Hermanas, nosotros somos como esos pobres jardines en los que la sequedad da muerte a todas las plantas, si el cuidado y la industria de los jardineros no lo remedian. Y para ello tenéis la santa costumbre de la oración que, como un suave rocío, va todas las mañanas humedeciendo vuestra alma por la gracia que recibe de Dios sobre vosotras.
«Estáis cansadas por las visitas y las penas, tenéis también, por la tarde, este saludable refresco, que va a dar todo vigor a todas vuestras acciones.

«Oh, qué frutos no dará la Hija de la Caridad en poco tiempo, si es cuidadosa de refrescarse por este riego sagrado. La veréis que crece, todos los días, de virtud en virtud como ese jardinero que ve todos los días crecer a sus plantas, y en poco tiempo ella avanzará como la bella aurora que se levanta por la mañana y sigue creciendo hasta mediodía. Así, Hijas mías, irá hasta que haya alcanzado al sol de justicia, que es la luz del mundo, y se haya sumergido en él, como la aurora va a perderse en el sol».
Este culto de la naturaleza recuerda por su sinceridad y su gracia ingenua los himnos que el Poverello de Asís cantaba en honor de las aves, de las flores y del sol; pero, en sa Vicente de Paúl, esta poesía tiene un carácter o más exactamente una tendencia esencialmente práctica. Ni un detalle del cultivo de las plantas que el santo utiliza para explicar a las Hermanas cómo la oración condiciona la vida sobrenatural y por qué importa entregarse a ella cotidianamente.
Se desprende de esta descripción tan concreta una impresión muy neta de actividad interior y de progresos continuos. Se cree asistir al misterioso trabajo de la gracia y a su ascensión gradual en el alma.
La fecundidad de esta gracia y la acción de las vida interior sobre la conducta ¿podrían ser mejor expresadas que por la savia que asciende por la raíz, se distribuye a lo largo del tallo, da vida a las ramas y a las hojas, y el sabor a los frutos?
A la espera de que este jardinero atento siempre a estas plantas para vigilar su crecimiento y dirigirlas sea una maravillosa imagen de la solicitud particular de Dios para las almas entregadas a la oración. Y cómo pasar en silencio la aurora símbolo de una luz sobrenatural y progresiva, más dulce, más hermosa todavía que el preludio y el anuncio de la plena luz del Cielo.
El adorno del alma es la oración. Si la hacéis bien –se complace en decir el santo- vestiréis el hermoso ropaje de la caridad, y Dios os mirará con agrado más bello todavía que el preludio y el anuncio de la plena luz del cielo. Tal es en efecto la joya cuya posesión condiciona todo un adorno. Este ejercicio es una causa del embellecimiento para la inteligencia, el corazón, la voluntad por los dones del Espíritu Santo que les atrae y que hace resplandecer estas facultades con un resplandor divino.
La comparación que gusta preferentemente Vicente de Paúl, y que emplea preferentemente porque sintetiza a todas las demás, es la del alma humana principio de ser, de vida y de actividad de nuestra naturaleza. No se puede expresar con mayor fuerza y plenitud lo que es la oración bajo el punto de vista sobrenatural que calificándola alma de nuestra alma.
Bien se estudie la oración mental en manos de Dios santificador o dentro de nosotros, bien se la rodee con la mirada en el conjunto de sus efectos o se fije la atención en uno solo, bien se coloque en los puntos de vista más diferentes para comprenderla y definirla mejor, compartimos la admiración sin límites de san Vicente de Paúl y hacemos nuestras todas las fórmulas elogiosas que acuden a los labios y a la pluma.

























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