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San Vicente de Paul, maestro de oración (parte 1)

  • 15 sept 2015
  • 13 Min. de lectura

Paris, 7 octubre 1928


MI QUERIDO PADRE,


Escribiendo el 8 de abril de 1933 al Sr Coste, sacerdote de la Misión, editor de las conferencias de san Vicente, se ha de saber : las conferencias a los misioneros y a las Hijas de la Caridad, las repeticiones de oración, los consejos, aviso y líneas de conducta, planes de conferencias , etc., yo me formaba el deseo, o mejor esta esperanza: » La lectura de estas charlas, revelará, creo yo, a muchos, un san Vicente insospechado, quiero decir un maestro de la vida y de la doctrina espiritual «. Mi esperanza no quedó decepcionada, ya que, poco después, fue publicado vuestro interesante trabajo sobre San Vicente, director de las conciencias. Denotaba en usted un conocimiento poco ordinario de san Vicente y de sus enseñanzas. Manifiestamente ya se había familiarizado con el santo y con su pensamiento. El éxito de su libro no fue mediocre: fue por naturaleza para compensarle por sus esfuerzos y sus indagaciones.


Yo no fui el último en aplaudir por su publicación.


Ha pensado luego que hay todavía, no solo que espigar; sino que cosechar, en el vasto campo de las conversaciones, como también de las cartas de san Vicente, y usted me ofrece, así como al público piadoso o simplemente curioso, cosas de la vida interior un nuevo volumen. Lo titula San Vicente de Paúl maestro de oración. Como su anterior y tal vez más directamente que él, responde al deseo y a la esperanza formulados más arriba.


Porque él fue un santo, y un santo de gran envergadura, cree y dice con razón, que san Vicente fue un hombre de oración, de profunda oración. Piensa usted que una intensa vida interior y de íntima unión con Dios podía de por sí explicar el número y las maravillas de sus obras exteriores y tiene razón.


Pero además, porque san Vicente quería en sus misioneros y en las Hermanas de los obreros, obreras infatigablemente dedicadas a las obras exteriores de la caridad espiritual y corporal, ha querido también que, ellos, fuesen hombres de oración, ellas, mujeres de oración; personas como él, de vida interior y de íntima unión con Dios. Usted ha concluido muy legítimamente que, hablando, de la abundancia de su corazón, de piedad y de oración, el fundador, el padre ha debido enseñar a sus hijos la ciencia o el arte de la oración en una palabra, que ha sido un maestro de oración.


De verdad, este maestro no ha escrito un tratado didáctico de oración, un manual con sus divisiones obligatorias, subdivisiones y conclusión. Este gran trabajador tenía mucho que hacer para encontrar, si lo hubiera buscado, el tiempo de escribir. Enseñanzas y doctrina espiritual, él las ha hablado, según lo pedían las circunstancias; según la inspiración del momento o mejor del Espíritu Santo; según las necesidades presentes de su auditorio. Todo está dicho y bien dicho; pero todo se halla disperso en numerosos lugares.


Buscar estos lugares, estos pasajes, estas lecciones ha sido la meta de sus estudios. Sus investigaciones han sido bendecidas por Dios y presenta al lector un verdadero manual de la oración según el pequeño método y según la práctica de su santo, de nuestro santo.


Quien lea los trece capítulos que componen y se reparten su nuevo trabajo, tendrá una idea clara y práctica de la oración; con ello llegará a conocer las condiciones del éxito se sabrá el método; y apreciará los felices frutos y estos frutos querrá llegar a gustarlos mediante el ejercicio de la oración cotidiana.


Su lector verá que hacer oración no es algo tan complicado a lo que solas podrían aspirar las personas de quienes son numerosos los ratos místicos; dotadas de profundos conocimientos teológicos y ascéticos, desprendidas de las condiciones y de las preocupaciones necesarias de la vida ordinaria y del cotidiano trabajo.

En la escuela de san Vicente cada uno puede aprender a hacer oración y lo consigue, grandes y pequeños, sabios de alta ciencia y gente de pequeña cultura. ¿Acaso no hacía que tuvieran oración y repetición de oración a los domésticos de la familia de los Gondi, cuando era preceptor? Y también en el coche o la diligencia, ¿no lograba que les agradara a sus compañeros de viaje que se hiciera oración y que se hiciera, para la edificación común, la repetición poco a poco, con sencillez? Las gentes de la casa de los Gondi, sus compañeros de encuentro con motivo de un viaje no eran todos teólogos.


Y los hermanos laicos del viejo San Lázaro, los hermanos coadjutores, así es como se llamaban y se llaman todavía, tampoco eran doctores de Sorbona y a pesar de ello, según sus propias palabras, avanzaban mucho en el ejercicio de la oración y de la repetición de los pensamientos, sentimientos y resoluciones de su oración consolaba con frecuencia al venerable Superior de la Misión.


Le agradezco pues y felicito por su trabajo. Que tenga muchos lectores atentos, reflexivos, persuadidos, no solo interesados y que el maestro de oración cuente con tantos alumnos dóciles como su libro cuente con lectores.

Con esta esperanza me digo en N. S. y María inmaculada, querido Señor Abate, Su incondicional servidor.

F. Verdier,

Sup. Gén. De la Congrégation de la Mission et des Filles de la Charité.


Capítulo I: Lo que es la oración bajo el punto de vista psíquico


Psicólogo de primer orden, como su contemporáneo y amigo Francisco de Sales, san Vicente de Paúl no se equivoca sobre la naturaleza psíquica de la oración mental. Bajo sus formas múltiples y en sus diversos grados, este último es a sus ojos un estado de concentración durante el cual la mirada del alma se queda fija en un mismo objeto. Que este objeto de la atención sea algo concreto, sensible o una pura abstracción, poco importa, la actitud del espíritu sigue en el fondo la misma.


De acuerdo con los maestros de la espiritualidad, el santo estima que elevándose por encima de la divina montaña de la oración, el alma concentra cada vez más su atención en Dios.


El incremento de esta en fuerza y en duración corresponde al progreso de este ascenso espiritual. No obstante no existe oración mental, por imperfecta que sea, sin un comienzo y una conclusión y un esbozo de concentración psíquica, o al menos una tendencia hacia ese estado.


Para el Sr. Vicente, como para Santo Tomás de Aquino, discurrir rápidamente dentro de sí mismo, de paso, sin tomar aliento, de una verdad a otra muy diferente no es meditar. Por eso, su énfasis en combatir la inquietud y el sueño sentimental. No más que san Francisco de Sales, él no acepta pensamientos a los que se apega el espíritu sin plan pretensión alguna, a modo de simple diversión, igual que las moscas que andan revoloteando de flor en flor sin obtener de ello cosa alguna.


A ejemplo de Cayetano, el santo no se contenta con una simple mirada de la inteligencia, sino que exige a sus discípulos una mirada atenta, reflexiva, profunda, como sucede a cuantos quieren darse cuenta del curso de los astros ese es el pensamiento de Vicente ya que declara haber constatado muchas veces que las personas que se descuidan en hacer la meditación, o la hacen mal, están menos atentas a sí mismas, y así menos conscientes de que los cristianos que se dan regularmente a este ejercicio.


El Fundador de la Misión se esfuerza por medios prácticos en concentrar más el espíritu de sus discípulos en el asunto de oración que no hacen más que tocar ligeramente.

Lleno de este pensamiento, Vicente va y les dice un día: » Habrá que ver si el asistente o el subasistente estén obligados a leer ellos mismos los puntos de la meditación, pues me parece que no nos va bastante bien con la oración mental; no se entra lo suficiente en la materia propuesta cada día. Tal vez depende de que no se comprenden muy bien los puntos del asunto que se medita. Podrán servirse de ellos y decir: » Hermanos míos, la meditación tiende a esto, en el primer punto, meditaremos esto; en el segundo, esto otro; en el tercero, esto…»


No contento con dar estas indicaciones, el santo medita él mismo en voz alta sobre la elección que Nuestro Señor hizo de sus apóstoles y ninguna de estas que no tenga que ver con el asunto.


Cuando, en el curso de una repetición de oración, alguno se sale del marco trazado de antemano, el Sr. Vicente se apresta a traerle enseguida rogándole que no se salga nunca, si no es por inspiración del Espíritu Santo. Su intención es robustecer la atención imponiendo al espíritu esta disciplina. Todo progreso en esto es en beneficio de la vida interior y por lo tanto de la oración.


Por penosa que sea esta regla, apliquémonos a fijar de nuevo nuestra mente sobre el misterio meditado, todas las veces que para nuestra confusión constatamos que se aparta. Muy dura en un principio, esta lucha pierde pronto su aspereza. Se precisa atención y el uso de todas nuestras facultades, pero el ejercicio regular las suaviza y las desarrolla.


Pensémoslo: la ascensión en la vía mística depende en parte de nuestro poder de concentración. Nuestro empeño será incrementarlo por todos los medios; y no los hay mejores que los propuestos por el eminente psicólogo que es el Sr Vicente.


Si la oración mental no fuera a los ojos del santo reflexión profunda sobre un tema dado, no recurriría a esto para actuar sobre la mentalidad de sus hijos espirituales. Quiere ganárselos a una idea que le es querida, curarlos de tal defecto, comprometerlos en la práctica de tal virtud, les propone esta idea, este defecto, esta virtud como asunto de oración. Uno de los Sacerdotes de la Misión está punto de salirse del Instituto, qué hace su Superior general para retenerle sino exhortarle por todos los medios a meditar sobre su vocación. Si el misionero usa de este remedio, se salva antes, tan eficaz es este medicamento.


Porqué este hombre de asuntos fuera de serie que es el Sr. Vicente no toma decisión grave –tanto bajo el punto de vista temporal como bajo el punto de vista espiritual- sin haber elegido por tema de oración el problema que resolver, si no es porque a sus ojos no hay concentración de espíritu más completa. Evidentemente el santo tiene sobre todo en cuenta determinarse según las luces del Espíritu Santo, pero esta intención no excluye la otra.


Si el santo suplica a las almas de buena voluntad que dediquen un tiempo notable a la oración, es para permitir obrar a la verdad sobre la vida afectiva; lo que no puede hacerse con rapidez. Para él como para Bossuet, la oración debe tender a convertirse cada vez más en atención amorosa.


Según Vicente, la más sencilla meditación es de por sí un acto en que el corazón juega un papel tanto como la inteligencia, sino más. En realidad, el espíritu trabaja más que el corazón, pero recibe el impulso de este último, y se ve sostenido por él en su labor. Pero el que se beneficia sobre todo de los resultados de esta actividad intelectual, si no es el corazón el que se aprovecha para apropiárselos transformándolos en amor. He ahí por qué el santo hace llamadas tan frecuentes a este último en sus cartas de dirección y en sus Charlas. No obstante, él juzga inútil insistir con las Hijas de la Caridad sobre el lado afectivo de la oración, porque no desconoce la ternura, la impresionabilidad femeninas. Por el contrario, sigue la táctica opuesta con sus misioneros porque su sexo está poco inclinado de ordinario a las cosas del corazón. Hombres de estudio, hombres de acción, a veces los dos juntos, la mayor parte de entre nosotros se interesan sobre todo en las cuestiones intelectuales o en los problemas de la vida práctica. Por donde lo bien fundado de una llamada a la vida afectiva.


Las comparaciones de las que se sirve Vicente para exponer qué cosa sea la oración, sus ventajas y presentarla bajo sus diversos aspectos están llenas de frescura y de poesía: hablan a los sentidos, a la imaginación, al corazón. El santo usa con todo la intención de este artificio. Su propósito es atraer a las almas a la oración, hacerla querer y por ahí preparar al sentimiento un lugar más amplio en este ejercicio-5.


El capítulo siguiente nos dará la prueba, san Vicente hace la oración eminentemente simpática presentándola como un acto vital, en toda la acepción del término, como generador de fuerza sobrenatural y de bienestar moral. Para que una práctica sea adoptada con entusiasmo y practicada con gusto, se ha de asociar su idea con las de vida y de felicidad. El fondo de la voluntad, lo que tiene de necesario y que no puede perder, ¿no es acaso, como lo explica tan luminosamente santo Tomás, su tendencia innata a la felicidad? El cristiano se entregará voluntariamente a la meditación del día donde su director le persuadirá que vivir moralmente es meditar.


A ejemplo de los maestros de la espiritualidad, si el santo se ocupa del doble trabajo del espíritu y del corazón en la oración, es para llegar a la facultad maestra del alma, la voluntad. Qué plan sigue al someter a sus dirigidos a esta práctica sino es el de enseñarles a querer.


«¿Se ha de contentar uno con estar inflamado y convencido del asunto que se medita y quedarse allí? –se pregunta él- No, pero hay que pasar a las resoluciones y a los medios de adquirir la virtud y huir del vicio que se medita».

En otras circunstancias, el Fundador de los Sacerdotes de la Misión defiende esta idea no menos calurosamente: «No es suficiente tener buenos afectos, hay que avanzar más y llegar hasta las resoluciones de trabajar lo mejor posible en adelante para la adquisición de la virtud, proponiéndose ponerla en práctica y realizar actos de ella».

Vicente insiste en volver en estos términos a su idea tan querida: «Es una de las partes más importantes e incluso la más importante de la oración, hacer buenas resoluciones; y en esto en particular es donde hay que detenerse, y no tanto en el razonamiento y en el discurso».


De acuerdo con los grandes directores de conciencia, el santo no se contenta con los primeros actos de voluntad llegados. La resolución, para satisfacerla con plenitud, debe cumplir las condiciones que mejor aseguran la eficacia.


En su lucha contra los diversos enemigos de la voluntad, el Sr. Vicente tiene a la vista, como san Francisco de Sales, el éxito de los ejercicios espirituales y principalmente de la oración. De ahí su empeño en combatir en Luisa de Marillac su inclinación natural al pesimismo. Lamentables en todas circunstancias, estas ideas negras le parecían particularmente peligrosas en los tratos de esta alma de elite con Dios. Por eso sus avisos se hacen más firmes para cortar en corto las consecuencias. » La elección del Sr. vuestro hijo, decís, es un testimonio de la justicia de Dios sobre vos, le escribe. Ciertamente, os equivocáis en dar cabida a estos pensamientos y más aún decirlo. Ya os he rogado otras veces que no habléis así «. El santo declara a Luisa que ninguna mujer, que él sepa, se toma ciertas cosas con tanta fuerza en lo criminal.


«No hay por qué atormentarse, le repite con frecuencia. En el nombre de Dios, Señorita, curémonos de ese mal».


Que siente escrúpulos su Filotea de predilección, Vicente acude a calmarla sin demora con estas palabras u otras análogas: «Buscad el descanso para vuestro interior. No permite que se esté en la tranquilidad que hace falta, o que no os lo parezca». Que energía en la lección siguiente: «Corregíos y sabed de una vez por todas que estos pensamientos amargos son del maligno y que los de Nuestro Señor son dulces y suaves».


Insistir a propósito de los estados de oración en esta lucha del santo contra la tristeza pasiva o deprimente no es ciertamente algo inútil. Mujeres piadosas creen meditar con mayor aprovechamiento cuando pensamientos y sentimientos se ahogan en una atmósfera sombría porque tienen la impresión de algo más misterioso y más fecundo. Ilusión peligrosa ya que tiende a reducir el papel del principal factor humano de la oración, la voluntad.

No pensemos en honrar a Dios preocupados por este asunto. El santo repetía: «No es por Dios por quien os preocupáis si sufrís por servirle».


Es siempre en interés de la oración cuando con Francisco de Sales, el Sr. Vicente combate a los otros enemigos de la voluntad: la inquietud, la agitación del espíritu que puede llegar hasta el vagabundaje cerebral, sin contar la impresionabilidad demasiado viva y los bruscos cambios de humor. La experiencia de las almas y su sentido psicológico le muestran en la paz interior el punto de partida de todo el progreso moral y asimismo de toda ascensión hacia Dios. Por ello, las palabras de paz, de recogimiento y de calma tienen lugar en la correspondencia del santo con la Srta. Le Gras.


La oración, aun en forma de meditación exige la colaboración de todas las fuerzas vivas del alma. Las facultades intelectuales no son suficientes, necesitan como estimulante el concurso de la vida afectiva; y estas energías agrupadas en fascículos, no alcanzan su fin sino subordinándose a la voluntad para ponerla en obra.


La meditación de orden puramente humano, tal y como la practica un jefe de industria o un hombre de estado, no conduce a nada serio sin una colaboración semejante. La atención no será ni sostenida ni profunda si no interviene el sentimiento. Por otra parte si la voluntad no se apodera de las reflexiones para traducirlas en actos, todo el trabajo cerebral resultará estéril.


Solos la logran en el dominio de los asuntos, como los de las ciencias y de las artes, aquellos que, no contentos con emplear en ello sus recursos intelectuales, ponen en juego sus corazones y sus energías morales.


Para muchos cristianos, y tal vez nos hallamos nosotros en ese número, la meditación no es más que un juego del espíritu, un estudio o un relajamiento sentimental. Nada tiene de extraño que no produzca ningún efecto en nuestra conducta. Penetrémonos de este principio: siendo meditar un acto de vida interior, todas potencias de esta vida deben concurrir en él. Bajo el imperio de este sentimiento el santo estima que un alma no se entrega fructuosamente a este ejercicio sino a condición de hacerlo sin reservas, es decir invirtiendo en ello cuanto tiene de luz, de amor y de fuerza. Si, por egoismo o por negligencia, es avara de su tiempo o de su pena, el fracaso es seguro.


Cuando Vicente hace oración querría concentrar en ella su actividad interior, de manera que ningún pensamiento emprenda una dirección extraña. Bien que involuntarias, sus distracciones le serían extremadamente penosas, si su humildad no sacara provecho de ellas.

Preocupado por el carácter vital de la oración y de la generosidad que comporta por parte del sujeto, al santo indica medios prácticos para combatir la somnolencia durante este ejercicio. Cuando la torpeza nos gana la partida, es preciso ponernos de pie, besar el suelo y renovar de cuando en cuando la atención.


De considerar la meditación bajo el punto de vista puramente psíquico, no nos extraña en absoluto el mayor número de almas que meditan con poco provecho. No incriminemos esta práctica puesto que la prueba de su eficacia no se va a dar, fijémonos en en la manera defectuosa como se realiza, y lo que es más grave, en la idea que tienen de ella tantos devotos y devotas.


Muchos creen meditar, cuando no es así, unos por defecto de generosidad, los otros por ignorancia de lo que es psíquicamente la meditación. El presente capítulo se dirige a los últimos.


 
 
 

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