En intimidad y misión
- 25 ago 2015
- 2 Min. de lectura

Como los discípulos hemos sido escogidos, hemos sido llamados... Jesús a tocado la puerta de nuestro corazón para compartir con nosotros su proyecto, nos invita a vivir con Él íntimamente y también nos participa su misión de extender el Reino de Dios (cf. Mc 3,14). Este llamado es a lo que definimos como vocación.
Debemos comprender que no puede existir una verdadera misión si antes de ésta no se vive una completa intimidad con Jesús. Esa intimidad es por medio de la entrega en la oración, del acercarnos a Él en su Palabra y de frecuentarlo constantemente en los sacramentos.
El Señor nos invita constantemente a que le busquemos, a que de todo corazón deseemos esa intimidad con Él “Me buscarán y me encontrarán, porque me buscarán de todo corazón” Jer 29,13.
Como vicentinos tenemos una misión particular e ineludible que es el servirle a Jesús en los más necesitados, compartir con ellos su dolor, visitarlos, brindarles lo mejor que tenemos y sobretodo llevarles la esperanza del Evangelio porque como decía San Vicente de Paúl “Dios nos confía lo más precioso que tiene: los pobres”.
La intimidad con el Señor nos permite comprender verdaderamente a lo que hemos sido llamados. Compartir la misma misión de Jesús es saber que “del mismo modo, el Hijo del hombre no vino para que le sirvan, sino para servir y para dar su vida en rescate por una multitud” Mt 20,28.
Y es que poder tener la experiencia de entrega al Señor en intimidad y en misión es algo que no se puede describir. Porque es sentir en el corazón el gozo de saber que a pesar de nuestra pequeñez como seres humanos, somos importantes para el Señor y que Él mismo nos ha llamado con nombre propio para que le sirvamos con todo nuestro corazón.
Vivir cada día en un estado de entrega y de misión, esa es en realidad nuestra vocación. Es hacer de nuestra vida un verdadero Evangelio, es hacer realidad el deseo de Jesús, de seguir viviendo entre nosotros y esta vez lo quiere hacer a través de nuestras propias vidas.
Mi querido hermano y hermana que estás leyendo estas líneas, solo te puedo decir que la mejor decisión que he tomado en mi vida es abrirle cada día el corazón a Jesús para que haga de mi ese lugar donde Él quiere habitar y esta desición ha traido consigo la mejor experiencia jamás imaginada y es poder servirle a ese Dios que me ama, servirle para poder hacer de este
mundo un cielo por adelantado.

























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